Días extraños II

miércoles, 1 de agosto de 2012


Segundo capítulo de la novela.


DOS

Unos días después del incidente aéreo con la tía Carlota, que desapareció tan rápida y misteriosamente como había venido, empezamos a notar cosas raras también dentro de nuestra casa, acontecimientos que, sin embargo, nos traían en general  totalmente al pairo. Nos llamaban la atención, no digo que no,  pero sólo un ratito, ignoro cómo explicarlo mejor.

Imagínate que vas por la calle y una viejecita que va delante de ti encorvada y renqueante, de repente se pone a dar saltos de dos metros de altura mientras con una pistolita de agua riega los tiestos de los balcones de las casas adyacentes. Te sorprendes muchísimo, te paras, la miras, abres la boca, te pones las manos en los mofletes, comentas la jugada con los otros viandantes y sigues así, totalmente pasmado por el espectáculo, incluso cuando lo recuerdas después de varios días (o años). Pues, como os contaba, por aquel entonces también quedábamos impresionados por las cosas extrañas que pasaban, pero al cabo de un momento nos entraba como una especie de modorra, de flojera,  y lo que fuera que antes te tenía como loco, ahora dejaba de interesarte lo más mínimo. Es como la primera vez que ves un hipopótamo, que te quedas como alelado, pensando “qué bicho más gordo, lo que debe comer”  etc. etc. A la cuarta vez que has visto un hipopótamo, te importa un bledo él, su obesidad y su parentela. Y a la novena o décima, sólo piensas en lo mal que huele el cabrón y la de niños que comerían en una buena barbacoa de semejante engendro. Eso mismo es lo que nos pasaba, pero en un plazo de tiempo mucho menor, en cuestión de minutos.

Recuerdo un día que, de repente, mi mujer me llamó a voces desde el jardín de atrás, el que da a los despeñaderos cerca de donde se pelean los jabalíes. Señalaba muy alterada a tres figuras humanas que estaban escalando por aquellos riscos, con enorme riesgo para su integridad física y para la de los matojos que,  desafiando las  leyes de la física, crecen en aquel abismo, agarrados a no se sabe qué. Uno de ellos (de los escaladores, no de los matojos) ya había llegado arriba y miraba con gran interés cómo intentaban subir sus dos compañeros mientras se reía sin parar y decía algo que yo no lograba entender.

Pensando que quizás pudiera ayudarles,  o bien ser testigo de algún hecho desgraciado por el que luego pudieran sacarme por televisión, agarré a mi perra y nos  acercamos los dos a la cima del despeñadero.

Allí seguía el gordo, el que ya había llegado arriba,  riéndose y mirando hacia abajo.

- ¡Qué hay, buenas tardes!  - le dije, haciéndome el encontradizo y el simpático.
- ¡¡Qué pasa, buena mujer!! – contestó entre carcajadas mientras me señalaba a los que iban subiendo a la vez que se secaba las lágrimas – mire, mireeeeee, jajajjaaaaaaaaaa!!!!!


Haciendo caso omiso a su error de apreciación con respecto a mi sexo, me asomé al precipicio donde estaban sus dos compañeros. Uno de ellos estaba como a diez metros de la cumbre agarrado a unas jaras e intentando pisar suelo firme, pataleando como un loco, mientras el otro, unos cinco metros por debajo, recibía en la cara el impacto de los pedruscos que le lanzaba su compañero escalador.

-      Oiga, ¿no necesitan ayuda? – le dije al gordo de arriba.
-      ¿Ayuda? Jajajajaaaaaaaaaaa pues si, creo que si…
-      Si quiere llamamos a la Guardia Civil o algo.
-      Noooo, ni de coña, que luego vienen y nos joden.
-      Hombre, pero es que se van a caer…
-      ¡Pues si se caen, más risas!
-      ¿les conoce? – le pregunté intrigado
-      Claro, somos el famoso Dúo Alpinista de Galapagar, ¿no le suena?
-      Si, me suena un poco – mentí – pero ¿quién es el tercero?
-      Somos tres: el Goyo, el Cebollas y yo.
-      Ah! – le dije – que se les ha pegado un amigo, ¿no?
-      ¿Está usted loca? no, somos el Dúo Escalador, ya se lo he dicho.
-      ¡Pero si son tres!
-      Claro, coño,  tres. El Goyo, el Cebollas y yo, ya se lo he dicho.
-      O sea, son ustedes un trío… - intenté.
-      Mire, tía pesada, somos un dúo se ponga como se ponga. Somos el Goyo…
-      ..el Cebollas y usted, - le interrumpí- ya, ya me lo ha dicho.
-      Pues eso, que no se entera.


Como la conversación se iba por unos derroteros que me estaban produciendo dolor de cabeza, centré mi atención en los escaladores, que seguían intentando llegar arriba.

El zoquete del gordo aquél no hacía más que reírse y tirarles bellotas y piedrecitas, incluso algún escupitajo, por lo que al asomarme le dije al que iba más adelantado.

-      Eeeeeeehhh, oigaaaaausteeeed ¿necesita algo?

Sentí que el gordo me agarraba del brazo y tiraba de mí hacia atrás, fuera de la vista de los otros, con la cara lívida:

-      ¡Pero qué hace, insensato!
-      ¿Qué pasa? – le dije poniéndome bien la camisa
-      ¡No les hable, hombre, que se juega la vida!
-      ¡Anda! ¿y eso?
-      Es que tienen muy mal carácter. Le hablo del que va detrás sobre todo. El de arriba tiene mala leche pero no pasa de las palabras; ahora, el otro…
-      ¿Qué le pasa al otro?
-      Jaaaaajajajaaaaa, es que el otro….jjaaaaaaajajaaaaaaaaaa. Pero mire, miireee….JAJAJJAAAAAAAAA.

Asomado de nuevo crucé la mirada con el que iba más arriba, en el preciso instante en que arrancaba una piedra con los pies al intentar seguir subiendo y  le daba en la cabeza al de abajo, arrancándole el gorro de peruano que llevaba puesto, de esos de lana con orejeras de muchos colorines (era verano, lo recuerdo):
-      ¡JOLAGRANPUTA! ¡QUÉ COÑO MIRAS, DESGRACIAO! – me dijo.
-      ¿lo ve? – me advirtió el gordo – es un malhablado y un zafio.
-      ME CAGO EN TU PADRE, CABRONAZO! – seguía diciéndome el tipo aquel
-      Eeeeeeh!! – decía el de abajo- ¿Ande ha ido mi gorro?
-      ¡Calla, coño, deja el gorro y agárrate, que te vas a resbalar! – le gritaba su compañero mientras le tiraba nuevas piedras que arrancaba de la pared.
-      ¿Resbalar?  -plaffff, nueva pedrada- ¡coño, cómo me duele la cabeza, tío! Esto va a ser que va a cambiar el tiempo….

Volviéndome, seguí mi conversación con el gordo:

-      ¿Y qué hacen ustedes subiendo por aquí? – volví a cambiar de tema.
-      Pues veníamos del trabajo.
-      ¡¡Ah!!, ¡¡ya!!, del trabajo, claro – dije como si entendiera algo
-      De trabajar, venimos de trabajar por aquí cerca. Es que somos el famoso…
-      …Dúo Dinámico, sí, sí, ya me lo dijo
-      ¡Dúo Escalador, perdone!, pues nos íbamos para casa y vimos este despeñadero y nos dijimos: hala, pues a tirar por ahí mismo, que es un buen sitio.
-      No, si está bien pensado lo de meterse en un terraplén de cincuenta metros, pero..
-      Y además, venimos de buscar un tesoro.
-      ¿Un tesoro aquí?…ya, ya.
-      Llevamos mucho tiempo de investigación en los archivos de las iglesias de esta zona geográfica, que como ya sabrá usted, que parece una mujer docta e instruida, están increíblemente dotados en cuanto a  conocimiento antiguo se refiere.

No entendí bien lo que me decía, y me pareció todo excesivamente culto para un individuo de semejante pelaje, pero le dejé seguir:

-      Siga, siga…
-      El objetivo de nuestro grupo de escalada está en la búsqueda de cierto documento histórico muy antiguo, que las leyendas dicen que está en alguna de  los archivos de las iglesias o ayuntamientos de esta zona. Lo de la escalada viene de que no nos suelen dejar consultarlos libremente, así que tenemos que colarnos por las ventanas…
-      ¡Anda, qué listos!
El tipo aquél me miró con muy mal gesto, por lo que puse cara de interesarme mucho en el tema y le pedí que siguiera:
-      Y fíjese usted, ¡lo hemos encontrado!
-      ¿Han encontrado el tesoro o el documento?
-      Bueno, es que el tesoro es el documento, que vale un pastón…
-      ¡¡¡¡OYEEE ANTONIAAAAAA!!!! ¡¡¡¡QUE SE HA CAIDO EL CEBOLLAAAASSS!!! – gritaron desde abajo
-      ¿Antonia? – pregunte sobresaltado - ¿Quién es Antonia?
-      Joder, pues soy yo ¿Quién va a ser si no?
-      Ah! Se llama usted Antonia…
-      Si, como mi padre que en paz descanse
-      ¡QUE SE HA DESPEÑAOOOOO! – insistía Goyo

Nuevamente nos asomamos al barranco donde, efectivamente, el Cebollas ya no escalaba ni hacía nada. Simplemente no estaba. Debía haber llegado al río, treinta o cuarenta metros más abajo y éste lo habría arrastrado corriente abajo. Tengo que puntualizar, para el que no lo entienda, que el río en cuestión es normalmente una especie de cacera, un hilacho de agua sucia en el que, de forma incomprensible, viven (sobreviven) animalitos variados, desde carpas gordas, mutantes y pringosas, hasta renacuajos, ranas adultas, culebras, escarabajos, etc.  En aquella época el río bajaba como un torrente de montaña, con olas y todo, con una fuerza que no tenía antecedente ninguno, ya que era una zona muy seca en la que, normalmente, no caía una gota durante meses. Pero a nadie le importaba un pimiento el asunto. Un amigo un poco esotérico me comentó, sin darle mayor importancia, que es que la naturaleza se había equivocado y había una confusión de caudales provocada por un estrangulamiento puntual del espacio-tiempo al que no había que hacer mucho caso y que, seguramente, en algún lugar del mundo habría personas buscando consternadas cierto río caudaloso que había desaparecido misteriosamente.

-      Jooooder con el Cebollas, pues ¿no se ha matao el tío imbécil? ¿Será capullo?…que se joda, jajjaaajajajaaa.
-      Pues le han jodido el dúo, oiga – le indiqué con cierta mala leche.
-      ¡Coño, es verdad! ¡Ahora no tenemos más remedio que convertirnos en el Trío Mondoñedo!
-      ¡!Ah, ehhh…..
-      Joder, qué faena. El Goyo y yo solas. Bueno, pues con dos cojones, ¿no? – me dijo
-      Si, si, claro.
-      Mire, pensándolo bien, no me apetece nada lo del trío, siempre me ha parecido una aberración, y menos con un tío tan peligroso como éste. ¡Ni de coña! ¡qué va!

Levantando sobre su cabeza un enorme pedrusco que había a nuestros pies, se acercó al borde del barranco donde ya asomaban las manos de Goyo y, soltándole encima la piedra, le gritó:

-      ¡Goyoooooooooo!! ¡Mira qué risaaa!


El golpe sonó como a hueco, pero el caso es que las manos del susodicho dejaron de verse para, simultáneamente, aparecer sus pies cayendo tras su cuerpo, mientras las risas de Antonia rebotaban en la lejanía mirando, aparentemente muy divertido, cómo caía el Goyo rebotando por los riscos.

-      ¡Hala! ¡uno menos! Menuda leche se ha pegao el imbécil por no mirar para arriba..
-      Oiga, pero qué ha hecho, pero cómo ha sido capaz de… - balbuceaba yo.
-      ¡Nada, nada, mala suerte!¡estas cosas pasan y no merece la pena analizarlas!
-      ¿Y el trío?
-      Que le den al trío, ya le digo... mejor formo un cuarteto unipersonal conmigo mismo y ya está.


Iba a contestarle cuando, con los ojos desorbitados, se puso a correr como un loco alejándose a enorme velocidad colina abajo. Entonces sucedió lo más raro de aquel día. No quiero decir con ello que lo anterior sea muy normal, ni mucho menos, pero observar desde la distancia cómo una persona, aunque sea un tipejo como aquél, se convierte en la Orquesta de Clarinetes de Sepúlveda y empieza a interpretar una pieza de Albéniz, reconoced que es para sobrecogerse. Por lo menos, creo recordar haberlo visto, lo juro.

Ya había yo aprendido que en casos similares lo mejor era mirar para otro lado y pensar en algo agradable hasta que se te pasaran las náuseas. Así que me puse a mirar las encinas, silbando el himno del Madrid con cara despistada, mientras agarraba a mi perra que había cogido algo del suelo, y me iba hacia mi casa.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta (IL)